Karukinka

Tierra del Sur, patria de los Selknam, quienes la habitaron por 9.000 años, hasta ser "descubiertos", allá en lo que luego se llamó Tierra del Fuego...

Monday, December 05, 2005

II - El Sur - Primeras noticias de A.N.

Usuahía

Obtuve alojamiento en una posada austera pero pintoresca que parecía contar con las condiciones g mínimas de confort en las circunstancias. Sobretodo me ocupé de verificar que contara con adecuada calefacción dado el intenso frío. Luego de un reparador desayuno recorrí la ciudad.

Tomé mi primer contacto con la Misión informandome sobre los pormenores de la su historia y circunstancias actuales.

Inmerecida aunque previsiblemente, mi nota apareció en la página 16, no lejos de los obituarios, aunque observé con satisfacción que no había sido recortada, indicador probable de la falta de otras noticias más “importantes” . Colegí que se me extrañaba en Buenos Aires cuando recibí una felicitación y la sugerencia de extender mi estadía hasta completar no menos de 7 artículos adicionales. Debo reconocer que el periódico demostró notable puntualidad en los giros de mi sueldo y viáticos, lo que además de confirmar mis sospechas me permitió desplazarme con facilidad y un pasar de cierta comodidad, compensando en parte la inevitable saudad, que se agudizaba particularmente al caer la noche.

Tuve la primer noticia de A.N. fruto de una conversación casual. Por cierto, en mi rol de periodista in situ, había deslizado mi interés por historias de la Patagonia. La presencia de un periodista de un medio de alcance nacional no había pasado desapercibida y fue festejada la descripción del pueblo y de las ceremonias del cincuentenario. A partir de entonces, no fueron pocos los esfuerzos que debí realizar para huir del relato de minuciosos anecdotarios personales que se me brindaban de la forma más inopinada. Como podrá imaginarse, fue ardua la tarea de selección de tres casos particulares que alimentarían otras tantas notas de color sobre personajes y aconteceres de la zona.

La conversación en una mesa vecina del simpático bodegón donde solía tomar mi cena derivó, entre miradas de soslayo y alguna que otra sonrisa intencionada hacia la mía, a las visitas destacables -por su significación o curiosidad- que se habían sucedido durante los últimos años. Pude comprobar que no eran numerosas, lo que aumentaba, sin duda, su importancia. El ambiente de camaradería, potenciado por el progresivo oscurecimiento y el sonido de un viento impiadoso rápidamente me integró al grupo, en el que participé en la doble calidad de oyente y objeto, al estar naturalmente incluido en el reducido grupo bajo estudio.

Uno anciano bonachón entre los presentes, tras hurgar un rato en su memoria mencionó a un extranjero al que se había apodado “El Inglés” aunque, en rigor, como comprobaría más adelante, provenía de los Estados Unidos. No obstante, el espíritu ferozmente americanista de los lugareños rápidamente desechó su pretensión de identificarse como "americano", toda vez que tal adjetivo no alcanzaba a distinguir entre género y especie. De tal manera, por carácter transitivo se procedió de común acuerdo a identificarlo por su idioma de origen como se ha apuntado arriba. El ya mencionado anglosajón resultó ser un antropólogo de la Universidad de Berkley, California quien se encontraba realizando estudios de campo sobre la etnia Sel’knam, según su autóctona denominación, impropiamente llamada Ona. Aunque no abundaron en detalles aquella noche, lo dicho bastó para despertar mi interés. Aparentemente el hombre habría desaparecido en circunstancias misteriosas. En los meses previos a su desaparición había evidenciado conductas extrañas. En una ocasión se lo halló, de manera puramente fortuita, en medio de la nada, semidesnudo y en un estado posteriormente diagnosticado como delirante. Al poco tiempo de su recuperación volvió a internarse en la estepa para nunca más regresar. Diversas búsquedas se organizaron localmente e incluso una expedición organizada por la Universidad del científico, de la que viajó un pequeño grupo de profesores, sumándose también el hermano del etnólogo. A pesar de contar con guías baqueanos y recorrer durante casi un mes una vasta extensión, no pudieron hallar un mínimo rastro del investigador.

Según pude comprobar, luego de desarchivado el expediente policial caratulado “Ausencia”, las actuaciones cerraron con un acta en la que se constató oficialmente la falta de resultados, cerrándose “provisionalmente” hasta tanto se aportaran datos nuevos.

Asimismo había un prolijo inventario de los pocos bienes que quedaban en su habitación de hotel. Los objetos fueron formalmente entregados al único familiar que participó de la infructuosa expedición de rescate.

Mi interés por la desventura del antropólogo fue creciendo y comencé a profundizar en la investigación de su caso. Al principio no fue la desaparición en sí lo que atrajo mi atención. A pesar de lo vano de las numerosas búsquedas, las enormes extensiones, el clima, las fieras y la posible existencia de bandidos o aún de indígenas belicosos resultaban explicaciones lo suficientemente plausibles de su ausencia. En cambio, la presencia de un extranjero en los confines del mundo (para citar al Secretario de Redacción), su interés por nuestros primitivos indígenas y los cambios que parecían haberse operado en su personalidad me parecieron plenos de interés humano y periodístico. Desde luego, si además pudiera descubrir donde otros fallaron la explicación de su desaparición, tanto mejor aunque lo indeterminado de su final no carecía de cierto romanticismo, un aura de misterio que, adecuadamente descrito, interesaría seguramente a nuestros lectores, cómodamente apoltronados en los sillones del club o disfrutando de un desayuno en el hogar.

Debo confesar el prejuicio de considerar exótico que un extranjero tuviera interés en estudiar a nuestros indios, particularmente cuando en nuestro propio país entre la piedad cristiana y el interés de acelerar su extinción sólo había una indiferencia generalizada. Aún a pesar del desarrollo considerable de las ciencias antropológicas y etnográficas, de haber leído con curiosidad y fascinación "La Rama Dorada" de Frazier -tratando de imaginar cómo podrían haber sido los primeros hombres detrás de las nieblas anteriores al tiempo histórico- . Me conmovió lo que consideraba entonces un sacrificio personal enorme por un resultado que no alcanzaba a comprender qué aporte significaba para la humanidad.

En poco tiempo descubriría cuán equivocado estaba en todos estos respectos, más los hechos deben relatarse en el orden de su desarrollo.

Del expediente policial obtuve el nombre del hotel en el que se alojaba durante sus cada vez más breves visitas al pueblo. Juzgué como señal positiva que aún se hallaba en pie y que su patrón era el mismo. Me presenté sin dilaciones. El hombre era .... "Así que quiere saber del antro... antro...pólogo" completé con porteña impaciencia y falta de tacto, con lo que la información que obtuve fue mínima y al los pocos minutos me encontré cortesmente en la puerta sin dato de interés alguno. Anoté mentalmente la experiencia para ser más cuidadoso en lo futuro.

Durante las siguientes semanas me entrevisté con casi todas las personas que circunstancial o más profundamente habían tenido contacto con A.N. - De dichas charlas surgió un retrato coincidente en términos generales. Se trataba de un hombre amable, austero, algo distante quizás, pero cortés. Poseía algunas de las características habitualmente atribuidas a los científicos, cierta tendencia a ser distraído (probablemente por encontrarse concentrado en algún aspecto de su trabajo), una tendencia a hablar sólo, a apasionarse por lo que la mayoría consideraría detalles sin la menor importancia. ...

Como he mencionado, durante, tal vez, el último año de su estancia en la región, cuando sus visitas a la ciudad eran cada vez más esporádicas y breves, varios entrevistados hicieron alusión a cambios marcados en su personalidad. El episodio por el cual fuera rescatado al borde de la muerte, desde luego, alimentó las especulaciones sobre algún grave trastorno, tal vez fruto de la soledad, del contacto prolongado con salvajes, quizás de la inclemencia de un territorio y un clima que había llevado a más de un colonizador al borde de la locura. Su temperamento, habitualmente pacífico, fue objeto de una gradual transformación. Demostró actitudes de brusquedad y falta de cortesía en varios momentos e incluso protagonizó un suceso de agresión física absolutamente fuera de carácter.

En la ocasión señalada, se enfrentó a unos muchachones que probablemente como consecuencia del aburrimiento, cierto resentimiento por la dureza de sus vidas y, posiblemente algo alcoholizados la habían emprendido contra un indio viejo que, al parecer, se encontraba bajo los efectos de una borrachera inconmensurable.

Debo decir que actitudes como la de los muchachos no excitaban mayor condena en la comunidad. Podrían considerarse rústicas, de mal gusto o excesivas en su agresividad y falta de refinamiento, mas no eran refrenadas por la policía salvo que el alboroto resultara mayúsculo y las personas decentes se hacían a un lado lo más rápidamente posible, en todo caso optando por retirarse sin la escena les resultaba ofensiva.

Era un hombre de alrededor de un metro setenta, algo rechoncho, de pelo lacio, castaño claro que le caía sobre la frente, motivando un cabeceo impaciente cuando interfería su vista o concentración. Según el registro policial tenía 43 años en el momento de la desaparición. Su nariz era pequeña y sus ojos claros. Llevaba siempre consigo un cuaderno de notas, del que habría por lo menos cinco, aunque ninguno se halló, como se desprende del informe policial antes mencionado. Mientras realizaba mi investigación en el pueblo dirigí sendas cartas al Departamento de Antropología de la Universidad de Berkeley y al hermano que visitara la región. Las respectivas direcciones se hallaban registradas en el parco expediente policial, al que recurrí frecuentemente en busca de información.

Llevaba ya un mes en la ciudad. Había cumplido con tres de los artículos encomendados que con variada suerte se publicaron en las ediciones dominicales del periódico y aún restaba mucho por averiguar sobre el caso de A.N.- Estaba agotando el material periodístico de la zona y debería aventurarme un poco más lejos, recorriendo la región en busca de contenido para mis artículos. Pensando cumplir con esta tarea y, a la vez, acercarme un poco más al área en la que concentró sus estudios A.N., decidí partir hacia Tolhuin, en donde podría establecer una base de operaciones que me permitiera recorrer el interior de la isla y tomar contacto con un asentamiento Selk'nam en el que habría residido durante varios meses el científico. A la vez, conocería en forma directa el terreno y los paisajes que transitó antes de su misteriosa desaparición.

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