Introducción
Tengo setenta y dos años y estoy muriendo. Quiero ser claro en este punto, destacando que no hablo metafóricamente. Comprendo - desde hace algún tiempo ya- que todos, de alguna manera, nos hallamos en un tránsito ineludible hacia la muerte; sin embargo, en mi caso, morir no es una eventualidad remota, una abstracción estadística o filosófica, aquellas súbita intuición que, sin que sepamos porqué, se descarga por la médula en un escalofrío. Por el contrario, es La muerte, la que se ha vuelto una presencia casi palpable; una sombra que deambula por mi casa, inspecciona mis enseres, comparte mi mesa y se desliza entre mis sábanas cuando me acuesto. Una entidad que me observa con ironía, en este instante, como si contara las palabras que escribo, tal vez los minutos.
Desde luego, también la siento adentro mío. Un frío entumecimiento en los huesos, un letargo que pesa en la respiración, los movimientos. En su abstrusa jerga los médicos hablarán de metástasis, de compromiso del hígado, de fatiga orgánica, pero la muerte, ahora lo sé, es otra cosa. Podría decirse que consiste en un despedirse casi inconscientemente de las cosas, cada objeto, lugar o persona pareciera alejarse, empequeñeciéndose en una llanura infinita. A la vez, se adquiere una sensación de desapego, como si un velo lo cubriera todo. Y, luego, está esa asombrosa seguridad que sólo puede brindar la certeza absoluta de lo irreversible.
¿Será esta extraña calma, este desapego, lo que me permite hoy, por primera vez en muchos años, mirar hacia atrás sin la desazón que ha sido mi única compañía? Al hacerlo, percibo los retazos de tiempo, la cadena de pequeñas circunstancias que ha sido mi vida, como si se tratara de algo ajeno. Una novela barata comprada de apuro en la terminal, las revistas de chismes de hace unos meses, la biografía ascética de un desconocido, un extraño cuyas profundidades apenas puedo intuir detrás del caleidoscopio de eventos, recuerdos, sensaciones.
No hay mucho en esa biografía, o en la mía, que resulte de interés. Pero sé que no podré morir en paz sin contar lo que llevo encapsulado, como si este desgastado cuerpo fuera un antiguo templo o una caverna perdida a las que el tiempo, el azar o la fatalidad han convertido en depositarios de algo sagrado.
Aunque no pasa un instante sin que rememore cada uno de los hechos que voy a relatar, que en sueños o en vigilia las imágenes me atraviesen como un río -a tal punto que sospecho que mi memoria ya no registra otra cosa que este constante recordar-, jamás he hablado con nadie al respecto. Un silencio, metódico, reverente, acaso misional se ha convertido en mi segunda naturaleza. Lo cargo sobre los hombros como una piedra milenaria que me aplasta sobre la tierra. Sin embargo, aunque anhelo expulsarlo sobre el papel, someterlo al escrutinio de otros, liberarme de él, cada palabra que escribo me desgarra el alma, se lleva un poco de mi sangre.
Creo necesario mencionar que antes de los extraordinarios hechos que narraré, yo era un joven al que todos auguraban un futuro brillante. No es una circunstancia menor ya que, sin pretensión de justificar un fracaso que por evidente no concita el menor interés, mis últimos treinta años son el saldo de aquella malograda aventura y el testimonio vivo, descarnado, del precio que se paga por trascender ciertos límites que, la voluntad divina, la naturaleza o quién sabe qué oscuras fuerzas, han impuesto a los hombres.
Era, a los veinticinco años, periodista de un prestigioso matutino, gozaba de un trabajo estable y buena paga, pudiendo a la vez gozar de libre acceso a los círculos más bohemios del mundo literario de entonces. El mundo parecía extenderse a mis pies como un enorme territorio por conquistar. Me hallaba recorriendo los pasos iniciales de una promisoria carrera literaria –algunas de mis primeras fintas en cuento y poesía fueron bien recibidos por la crítica especializada, e incluso un poema, fruto de una noche inolvidable en las orillas de la ciudad y meses de laboriosas correcciones, mereció el elogio no exento de cierta indulgente ironía del mismísimo JLB..
Sin embargo, más allá de tantas olvidables crónicas de actualidad que engendré a puro oficio -mientras pude mantener la cáscara de periodista-, y otros tantos informes elaborados durante mi paso por la municipalidad de Buenos Aires, no he vuelto a escribir, en el pleno sentido de la palabra, hasta hoy.
Resulta curiosamente apropiado que al mismo tiempo que la muerte me apresura a volver a esta actividad con la que alguna vez soñé, muera en Tierra del Fuego la última sobreviviente del pueblo Sel’knam (u Ona como se los ha llamado). Final y principio se vuelven a buscar entre las sombras, tanteando la obscuridad, rozándose. Cuando todavía era aquel joven de futuro promisorio, probablemente lo habría atribuido sin dudarlo a la casualidad, ahora presiento que tal vez se trate de una suerte de destino.
Acaso la llave de ese entramado pueda vislumbrarse en lo que, querría pensar, fueron las últimas palabras cantadas de esa sobreviviente, Virginia Choinquitel
Estoy cantando, el viento me lleva,
estoy siguiendo las pisadas de aquellos que se fueron.
Se me ha permitido venir a la montaña del poder,
he llegado a la gran cordillera del cielo, camino hacia la casa del cielo,
El poder de aquellos que se fueron vuelve a mí,
Los del infinito me han hablado"

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