Karukinka

Tierra del Sur, patria de los Selknam, quienes la habitaron por 9.000 años, hasta ser "descubiertos", allá en lo que luego se llamó Tierra del Fuego...

Monday, December 05, 2005

Introducción

Tengo setenta y dos años y estoy muriendo. Quiero ser claro en este punto, destacando que no hablo metafóricamente. Comprendo - desde hace algún tiempo ya- que todos, de alguna manera, nos hallamos en un tránsito ineludible hacia la muerte; sin embargo, en mi caso, morir no es una eventualidad remota, una abstracción estadística o filosófica, aquellas súbita intuición que, sin que sepamos porqué, se descarga por la médula en un escalofrío. Por el contrario, es La muerte, la que se ha vuelto una presencia casi palpable; una sombra que deambula por mi casa, inspecciona mis enseres, comparte mi mesa y se desliza entre mis sábanas cuando me acuesto. Una entidad que me observa con ironía, en este instante, como si contara las palabras que escribo, tal vez los minutos.

Desde luego, también la siento adentro mío. Un frío entumecimiento en los huesos, un letargo que pesa en la respiración, los movimientos. En su abstrusa jerga los médicos hablarán de metástasis, de compromiso del hígado, de fatiga orgánica, pero la muerte, ahora lo sé, es otra cosa. Podría decirse que consiste en un despedirse casi inconscientemente de las cosas, cada objeto, lugar o persona pareciera alejarse, empequeñeciéndose en una llanura infinita. A la vez, se adquiere una sensación de desapego, como si un velo lo cubriera todo. Y, luego, está esa asombrosa seguridad que sólo puede brindar la certeza absoluta de lo irreversible.

¿Será esta extraña calma, este desapego, lo que me permite hoy, por primera vez en muchos años, mirar hacia atrás sin la desazón que ha sido mi única compañía? Al hacerlo, percibo los retazos de tiempo, la cadena de pequeñas circunstancias que ha sido mi vida, como si se tratara de algo ajeno. Una novela barata comprada de apuro en la terminal, las revistas de chismes de hace unos meses, la biografía ascética de un desconocido, un extraño cuyas profundidades apenas puedo intuir detrás del caleidoscopio de eventos, recuerdos, sensaciones.

No hay mucho en esa biografía, o en la mía, que resulte de interés. Pero sé que no podré morir en paz sin contar lo que llevo encapsulado, como si este desgastado cuerpo fuera un antiguo templo o una caverna perdida a las que el tiempo, el azar o la fatalidad han convertido en depositarios de algo sagrado.

Aunque no pasa un instante sin que rememore cada uno de los hechos que voy a relatar, que en sueños o en vigilia las imágenes me atraviesen como un río -a tal punto que sospecho que mi memoria ya no registra otra cosa que este constante recordar-, jamás he hablado con nadie al respecto. Un silencio, metódico, reverente, acaso misional se ha convertido en mi segunda naturaleza. Lo cargo sobre los hombros como una piedra milenaria que me aplasta sobre la tierra. Sin embargo, aunque anhelo expulsarlo sobre el papel, someterlo al escrutinio de otros, liberarme de él, cada palabra que escribo me desgarra el alma, se lleva un poco de mi sangre.

Creo necesario mencionar que antes de los extraordinarios hechos que narraré, yo era un joven al que todos auguraban un futuro brillante. No es una circunstancia menor ya que, sin pretensión de justificar un fracaso que por evidente no concita el menor interés, mis últimos treinta años son el saldo de aquella malograda aventura y el testimonio vivo, descarnado, del precio que se paga por trascender ciertos límites que, la voluntad divina, la naturaleza o quién sabe qué oscuras fuerzas, han impuesto a los hombres.

Era, a los veinticinco años, periodista de un prestigioso matutino, gozaba de un trabajo estable y buena paga, pudiendo a la vez gozar de libre acceso a los círculos más bohemios del mundo literario de entonces. El mundo parecía extenderse a mis pies como un enorme territorio por conquistar. Me hallaba recorriendo los pasos iniciales de una promisoria carrera literaria –algunas de mis primeras fintas en cuento y poesía fueron bien recibidos por la crítica especializada, e incluso un poema, fruto de una noche inolvidable en las orillas de la ciudad y meses de laboriosas correcciones, mereció el elogio no exento de cierta indulgente ironía del mismísimo JLB..

Sin embargo, más allá de tantas olvidables crónicas de actualidad que engendré a puro oficio -mientras pude mantener la cáscara de periodista-, y otros tantos informes elaborados durante mi paso por la municipalidad de Buenos Aires, no he vuelto a escribir, en el pleno sentido de la palabra, hasta hoy.

Resulta curiosamente apropiado que al mismo tiempo que la muerte me apresura a volver a esta actividad con la que alguna vez soñé, muera en Tierra del Fuego la última sobreviviente del pueblo Sel’knam (u Ona como se los ha llamado). Final y principio se vuelven a buscar entre las sombras, tanteando la obscuridad, rozándose. Cuando todavía era aquel joven de futuro promisorio, probablemente lo habría atribuido sin dudarlo a la casualidad, ahora presiento que tal vez se trate de una suerte de destino.

Acaso la llave de ese entramado pueda vislumbrarse en lo que, querría pensar, fueron las últimas palabras cantadas de esa sobreviviente, Virginia Choinquitel

Estoy cantando, el viento me lleva,

estoy siguiendo las pisadas de aquellos que se fueron.

Se me ha permitido venir a la montaña del poder,

he llegado a la gran cordillera del cielo, camino hacia la casa del cielo,

El poder de aquellos que se fueron vuelve a mí,

Los del infinito me han hablado"

II - El Sur - Primeras noticias de A.N.

Usuahía

Obtuve alojamiento en una posada austera pero pintoresca que parecía contar con las condiciones g mínimas de confort en las circunstancias. Sobretodo me ocupé de verificar que contara con adecuada calefacción dado el intenso frío. Luego de un reparador desayuno recorrí la ciudad.

Tomé mi primer contacto con la Misión informandome sobre los pormenores de la su historia y circunstancias actuales.

Inmerecida aunque previsiblemente, mi nota apareció en la página 16, no lejos de los obituarios, aunque observé con satisfacción que no había sido recortada, indicador probable de la falta de otras noticias más “importantes” . Colegí que se me extrañaba en Buenos Aires cuando recibí una felicitación y la sugerencia de extender mi estadía hasta completar no menos de 7 artículos adicionales. Debo reconocer que el periódico demostró notable puntualidad en los giros de mi sueldo y viáticos, lo que además de confirmar mis sospechas me permitió desplazarme con facilidad y un pasar de cierta comodidad, compensando en parte la inevitable saudad, que se agudizaba particularmente al caer la noche.

Tuve la primer noticia de A.N. fruto de una conversación casual. Por cierto, en mi rol de periodista in situ, había deslizado mi interés por historias de la Patagonia. La presencia de un periodista de un medio de alcance nacional no había pasado desapercibida y fue festejada la descripción del pueblo y de las ceremonias del cincuentenario. A partir de entonces, no fueron pocos los esfuerzos que debí realizar para huir del relato de minuciosos anecdotarios personales que se me brindaban de la forma más inopinada. Como podrá imaginarse, fue ardua la tarea de selección de tres casos particulares que alimentarían otras tantas notas de color sobre personajes y aconteceres de la zona.

La conversación en una mesa vecina del simpático bodegón donde solía tomar mi cena derivó, entre miradas de soslayo y alguna que otra sonrisa intencionada hacia la mía, a las visitas destacables -por su significación o curiosidad- que se habían sucedido durante los últimos años. Pude comprobar que no eran numerosas, lo que aumentaba, sin duda, su importancia. El ambiente de camaradería, potenciado por el progresivo oscurecimiento y el sonido de un viento impiadoso rápidamente me integró al grupo, en el que participé en la doble calidad de oyente y objeto, al estar naturalmente incluido en el reducido grupo bajo estudio.

Uno anciano bonachón entre los presentes, tras hurgar un rato en su memoria mencionó a un extranjero al que se había apodado “El Inglés” aunque, en rigor, como comprobaría más adelante, provenía de los Estados Unidos. No obstante, el espíritu ferozmente americanista de los lugareños rápidamente desechó su pretensión de identificarse como "americano", toda vez que tal adjetivo no alcanzaba a distinguir entre género y especie. De tal manera, por carácter transitivo se procedió de común acuerdo a identificarlo por su idioma de origen como se ha apuntado arriba. El ya mencionado anglosajón resultó ser un antropólogo de la Universidad de Berkley, California quien se encontraba realizando estudios de campo sobre la etnia Sel’knam, según su autóctona denominación, impropiamente llamada Ona. Aunque no abundaron en detalles aquella noche, lo dicho bastó para despertar mi interés. Aparentemente el hombre habría desaparecido en circunstancias misteriosas. En los meses previos a su desaparición había evidenciado conductas extrañas. En una ocasión se lo halló, de manera puramente fortuita, en medio de la nada, semidesnudo y en un estado posteriormente diagnosticado como delirante. Al poco tiempo de su recuperación volvió a internarse en la estepa para nunca más regresar. Diversas búsquedas se organizaron localmente e incluso una expedición organizada por la Universidad del científico, de la que viajó un pequeño grupo de profesores, sumándose también el hermano del etnólogo. A pesar de contar con guías baqueanos y recorrer durante casi un mes una vasta extensión, no pudieron hallar un mínimo rastro del investigador.

Según pude comprobar, luego de desarchivado el expediente policial caratulado “Ausencia”, las actuaciones cerraron con un acta en la que se constató oficialmente la falta de resultados, cerrándose “provisionalmente” hasta tanto se aportaran datos nuevos.

Asimismo había un prolijo inventario de los pocos bienes que quedaban en su habitación de hotel. Los objetos fueron formalmente entregados al único familiar que participó de la infructuosa expedición de rescate.

Mi interés por la desventura del antropólogo fue creciendo y comencé a profundizar en la investigación de su caso. Al principio no fue la desaparición en sí lo que atrajo mi atención. A pesar de lo vano de las numerosas búsquedas, las enormes extensiones, el clima, las fieras y la posible existencia de bandidos o aún de indígenas belicosos resultaban explicaciones lo suficientemente plausibles de su ausencia. En cambio, la presencia de un extranjero en los confines del mundo (para citar al Secretario de Redacción), su interés por nuestros primitivos indígenas y los cambios que parecían haberse operado en su personalidad me parecieron plenos de interés humano y periodístico. Desde luego, si además pudiera descubrir donde otros fallaron la explicación de su desaparición, tanto mejor aunque lo indeterminado de su final no carecía de cierto romanticismo, un aura de misterio que, adecuadamente descrito, interesaría seguramente a nuestros lectores, cómodamente apoltronados en los sillones del club o disfrutando de un desayuno en el hogar.

Debo confesar el prejuicio de considerar exótico que un extranjero tuviera interés en estudiar a nuestros indios, particularmente cuando en nuestro propio país entre la piedad cristiana y el interés de acelerar su extinción sólo había una indiferencia generalizada. Aún a pesar del desarrollo considerable de las ciencias antropológicas y etnográficas, de haber leído con curiosidad y fascinación "La Rama Dorada" de Frazier -tratando de imaginar cómo podrían haber sido los primeros hombres detrás de las nieblas anteriores al tiempo histórico- . Me conmovió lo que consideraba entonces un sacrificio personal enorme por un resultado que no alcanzaba a comprender qué aporte significaba para la humanidad.

En poco tiempo descubriría cuán equivocado estaba en todos estos respectos, más los hechos deben relatarse en el orden de su desarrollo.

Del expediente policial obtuve el nombre del hotel en el que se alojaba durante sus cada vez más breves visitas al pueblo. Juzgué como señal positiva que aún se hallaba en pie y que su patrón era el mismo. Me presenté sin dilaciones. El hombre era .... "Así que quiere saber del antro... antro...pólogo" completé con porteña impaciencia y falta de tacto, con lo que la información que obtuve fue mínima y al los pocos minutos me encontré cortesmente en la puerta sin dato de interés alguno. Anoté mentalmente la experiencia para ser más cuidadoso en lo futuro.

Durante las siguientes semanas me entrevisté con casi todas las personas que circunstancial o más profundamente habían tenido contacto con A.N. - De dichas charlas surgió un retrato coincidente en términos generales. Se trataba de un hombre amable, austero, algo distante quizás, pero cortés. Poseía algunas de las características habitualmente atribuidas a los científicos, cierta tendencia a ser distraído (probablemente por encontrarse concentrado en algún aspecto de su trabajo), una tendencia a hablar sólo, a apasionarse por lo que la mayoría consideraría detalles sin la menor importancia. ...

Como he mencionado, durante, tal vez, el último año de su estancia en la región, cuando sus visitas a la ciudad eran cada vez más esporádicas y breves, varios entrevistados hicieron alusión a cambios marcados en su personalidad. El episodio por el cual fuera rescatado al borde de la muerte, desde luego, alimentó las especulaciones sobre algún grave trastorno, tal vez fruto de la soledad, del contacto prolongado con salvajes, quizás de la inclemencia de un territorio y un clima que había llevado a más de un colonizador al borde de la locura. Su temperamento, habitualmente pacífico, fue objeto de una gradual transformación. Demostró actitudes de brusquedad y falta de cortesía en varios momentos e incluso protagonizó un suceso de agresión física absolutamente fuera de carácter.

En la ocasión señalada, se enfrentó a unos muchachones que probablemente como consecuencia del aburrimiento, cierto resentimiento por la dureza de sus vidas y, posiblemente algo alcoholizados la habían emprendido contra un indio viejo que, al parecer, se encontraba bajo los efectos de una borrachera inconmensurable.

Debo decir que actitudes como la de los muchachos no excitaban mayor condena en la comunidad. Podrían considerarse rústicas, de mal gusto o excesivas en su agresividad y falta de refinamiento, mas no eran refrenadas por la policía salvo que el alboroto resultara mayúsculo y las personas decentes se hacían a un lado lo más rápidamente posible, en todo caso optando por retirarse sin la escena les resultaba ofensiva.

Era un hombre de alrededor de un metro setenta, algo rechoncho, de pelo lacio, castaño claro que le caía sobre la frente, motivando un cabeceo impaciente cuando interfería su vista o concentración. Según el registro policial tenía 43 años en el momento de la desaparición. Su nariz era pequeña y sus ojos claros. Llevaba siempre consigo un cuaderno de notas, del que habría por lo menos cinco, aunque ninguno se halló, como se desprende del informe policial antes mencionado. Mientras realizaba mi investigación en el pueblo dirigí sendas cartas al Departamento de Antropología de la Universidad de Berkeley y al hermano que visitara la región. Las respectivas direcciones se hallaban registradas en el parco expediente policial, al que recurrí frecuentemente en busca de información.

Llevaba ya un mes en la ciudad. Había cumplido con tres de los artículos encomendados que con variada suerte se publicaron en las ediciones dominicales del periódico y aún restaba mucho por averiguar sobre el caso de A.N.- Estaba agotando el material periodístico de la zona y debería aventurarme un poco más lejos, recorriendo la región en busca de contenido para mis artículos. Pensando cumplir con esta tarea y, a la vez, acercarme un poco más al área en la que concentró sus estudios A.N., decidí partir hacia Tolhuin, en donde podría establecer una base de operaciones que me permitiera recorrer el interior de la isla y tomar contacto con un asentamiento Selk'nam en el que habría residido durante varios meses el científico. A la vez, conocería en forma directa el terreno y los paisajes que transitó antes de su misteriosa desaparición.

I - Un viaje Sorpresivo

I.

Jamás resulta sencillo ubicar el comienzo de un relato. Visto con perspectiva, todo hecho responde, al fin, a una variedad infinita de causas, entre las que arbitrariamente elegimos éstas o aquellas, según se nos ocurra que poseen mayor peso o entidad, aunque raramente estén del todo claras las razones.

En el presente caso, pues, pasaré por alto mi propia historia temprana, aunque muchas veces he vuelto a ella buscando algún rastro, una leve señal que presagiara los hechos que relataré aquí. Tal vez un rasgo de carácter, una experiencia pueril, que reinterpretados a la distancia insinuaran una posible explicación. Claro que tras un tiempo de práctica he caído en la cuenta de que, con la adecuada disposición intelectual y emocional, hasta el más trivial acontecimiento adquiere dimensión profética. De forma tal que ha sido finalmente necesario descartar la infinidad de menudencias que hallara antes tan plenas de significados ocultos y suponer -a modo de hipótesis provisional, que los hitos de nuestra existencia no se hallan iluminados por ningún sentido ni propósito, que transcurrimos en un remolino de aconteceres que nos abofetéan o nos acarician sin más razón que el capricho de un destino que desprovisto de cualquier elemento teleológico.

En consecuencia, situaré el comienzo de esta historia, más convencionalmente, en el momento en que me fue encomendada una nota en la Tierra del Fuego.

Corría por la ciudad y por mis venas la primavera de 192-- .- El Secretario de Redacción me convocó ceremoniosamente a su depacho para congratularme con engolada falsedad por haber sido seleccionado, "desde arriba!", enfatizaba, elevando el índice hacia el techo, hacia los mágicos pisos superiores habitados por el Presidente y los miembros del Directorio, "en mérito de sus naturales talentos, sí, de sus naturales talentos" … de los que ya había hecho gala en dos misiones anteriores, para realizar una serie de artículos sobre la colonización de Tierra del Fuego. La excusa era el cincuentenario de la Misión Anglicana en Usuahia, que se celebraba la semana siguiente. Cubierto este evento, de gran interés para el Director, el periódico estimaba conveniente aprovechar la visita del cronista para elaborar entre 3 y 5 artículos sobre la situación actual y el pasado histórico del territorio. "Desde los confines del mundo... blah blah blah" me ilustró, impostando dramáticamente la voz.

Cuando uno es joven, todo puede ser una aventura, aún cuando carezca de los mínimos ingredientes generalmente considerados necesarios. Y en el caso, nadie puede dudar que éstos sobraban. Por ello, pasé por alto la curiosidad que despertaría en cualquiera el súbito interés del periódico por un sur tan lejano a sus intereses, como también el hecho de que nadie en la redacción consideraría seriamente aceptar una misión de tales características. También elegí ignorar las posibilidades reales de sufrir un shock cultural en mi persona fundamentalmente urbana y nocturna y, fundamentalmente, el dolor que significaría interrumpir, quizás para siempre, el tórrido affaire que durante los últimos meses sostenía con la hija del Director.

Apenas tuve tiempo de despedirme de algunos amigos, dar mis respetos protocolariamente al Bar XXX y prometer escribir intensamente a mis compañeros de tertulia acerca del viaje. Ya en camino, con el equipaje indispensable y los viáticos cuidadosamente distribuidos por mis pertenencias me entregué de lleno a un estado de ensoñación en el que el viaje que emprendía se me presentaba como la piedra fundante de un vida plena de éxitos y fortuna.

Dí la espalda a la extensión infinita de la pampa que se desplegaba hacia ambos lados del tren, alternando la lectura de la Historia de la Patagonia con una meditación exaltada y fantasiosa. Tal vez escribiría un libro de viajes, contando minuciosamente mi visita a tan extraños parajes, enriqueciendo la dura existencia de los pioneros con la mirada burbujeante y aguda del intelectual porteño, quizás encontraría la inspiración para una corta nouvelle, posiblemente una serie de ensayos costumbristas, el tiempo y las musas lo dirían. Sea lo que fuer, no podía reprimir la certeza de que grandes oportunidades se pondrían al alcance de mi mano, y sólo me quedaaba tomarlas.

Los viajes despiertan la mente, agudizan la observación, liberan la imaginación de forma notoria. Recuerdo haber anotado detalladamente las sensaciones y los pensamientos que sin interrupción fluían por todo mi ser. Durante aquél viaje elaboré los primeros lineamientos de lo que sería un aporte teórico a la cuestión de la creatividad. Mi hipótesis sostenía que el tránsito entre un punto y otro nos libera del determinismo de lo cotidiano. Escapamos brevemente de “la vida” que transcurre en nuestro lugar de residencia. Como si el movimiento del tren nos situara en un lugar fuera del tiempo y desde allí, sin la carga de realizar las repetidas mociones de la rutina de todos los días, adquiriéramos una perspectiva, una lucidez diferente, descentrada. Visualicé a Einstein intuyendo la teoría de la relatividad en el breve encuentro de dos trenes cruzándose por la pampa y con la prepotencia de la ignorancia me sentí un sabio, un filósofo, un científico de lo humano, a pasos de una comprensión de carácter universal. Sentí una piedad infinita por todo lo existente y una exultación que me llevó en andas hasta la resaca del desierto patagónico.

Allí, frente al vacío azotado por los vientos creí ingenuamente descubrir la profundidad de la nada. Pude comprender la desazón del mal du siécle, el dolor inconmensurable de la tragedia, supe a qué se refería Rubén Darío con aquello de “no saber adónde vamos... ni de dónde venimos”. Ninguno de estos estados me impidió tomar cuidadosa nota de mis impresiones aunque, releyéndolas luego me percatara de la necesidad de tomar más distancia al contarlas para evitar los excesos adjetivales, el abuso de los adverbios y otras faltas de estilo consecuencia del estado emocional.

Al fin, enriquecido por las experiencias vividas, algo entumecido por las jornadas transcurridas a bordo del tren, llegué una gélida madrugada a mi destino. Las luces de Buenos Aires eran un lejano y nostalgioso recuerdo, me embargaba un espíritu explorador, pionero.